¿Se puede entrenar la inteligencia?

Temprano, una mañana de enero, una decena de niños de tercer grado del suburbio de clase trabajadora Chicago Heights, en Illinois, entró a empujones al laboratorio de computación del colegio Washington-McKinley. Minutos más tarde se encontraban frente a las computadoras Apple dispuestas en la habitación, esperando realizar lo que era considerado, hasta hace poco, imposible: aumentar su inteligencia a través del entrenamiento.

“¿Puede alguien levantar la mano”, preguntó la profesora Kate Wulfson “y explicarme cómo se obtienen los puntos?”

En cada uno de los monitores de los niños había una imagen de caricatura de una casa embrujada. Cada algunos segundos, un gato negro aparecía en una de las cinco ventanas de la casa, y luego desaparecía. El ejercicio estaba dividido en dos niveles. En el nivel 1, los niños ganaban puntos por recordar en qué ventana había aparecido recién el gato. Fácil. Pero el juego es progresivo: el gato sigue saliendo, y los niños tienen que seguir mirando y recordando.

Así comenzaron 10 minutos de un juego de concentración altamente demandante. En el nivel 2, incluso los adultos encuentran la tarea difícil. Casi nadie pasa del nivel 3 sin entrenamiento. Pero la mayoría de la gente sí mejora con la práctica. Esto no es sorpresa: la práctica mejora el desempeño en casi cualquier tarea que realicen los humanos.

Lo que sí es sorprendente es lo otro que mejora. En un estudio de 2008, Sussane Jaeggi y Martin Buschkuehl, de la Universidad de Maryland, descubrieron que los adultos jóvenes que practicaban una versión menos caricaturizada del juego también mostraban mejoras en una habilidad cognitiva fundamental conocida como inteligencia “fluida”: la capacidad de resolver problemas nuevos, de razonar, de ver conexiones y llegar hasta el fondo de los asuntos. La insinuación era que jugar el juego literalmente hacía más inteligentes a las personas.

Durante largo tiempo, los psicólogos han considerado a la inteligencia en dos formas: inteligencia cristalizada, el tesoro de la información almacenada y el know how (el tipo de conocimiento puesto a prueba en los juegos de trivia o al andar en bicicleta), e inteligencia fluida. La cristalizada aumenta con la edad; la fluida se sabe que alcanza su punto máximo en la adultez temprana, en la edad universitaria, para luego comenzar a decaer gradualmente. Y a diferencia del acondicionamiento físico, la inteligencia fluida siempre se ha considerado impermeable al entrenamiento.

¿Cómo es posible, entonces, que observar gatos en una casa embrujada pueda aumentar algo tan profundo como la inteligencia fluida? Porque resulta que el aparentemente simple juego apunta a la más elemental de las habilidades cognitivas: la memoria “de trabajo”. La memoria de largo plazo es a la inteligencia cristalizada lo que la memoria de trabajo es a la inteligencia fluida. La memoria de trabajo es la capacidad de manipular la información que uno tiene en la cabeza, de sumar o restar, u ordenar de mayor a menor.

A lo largo de las tres últimas décadas, teóricos e investigadores han hecho importantes avances en comprender cómo funciona la memoria de trabajo. En 2008, Jaeggi convirtió uno de esos tests de memoria de trabajo en un entrenamiento para aumentarla, de la misma forma en que los abdominales pueden ser utilizados como medición de la fuerza muscular y como constructores de la misma.

El estudio de Jaeggi ha sido influyente. Desde su publicación, otros han llegado a resultados similares. Las tareas de entrenamiento generalmente requieren apenas 15 a 25 minutos de trabajo diario, cinco días a la semana, y se ha descubierto que aumentan los puntajes en los tests de inteligencia fluida en tan sólo cuatro semanas.

Los estudios de seguimiento que relacionan esas mejoras con ganancias en el mundo real, en la vida escolar y el trabajo, están recién comenzando. Pero ya a estas alturas las personas con desórdenes, incluyendo el déficit atencional por hiperactividad y el daño cerebral traumático, han visto los beneficios del entrenamiento. Desde que se creó el primer test confiable de inteligencia, hace más de 100 años, los investigadores han buscado aumentar los puntajes de forma significativa, con poco éxito. Para 2002, cuando Jaeggi y su compañero de investigación (ahora su marido), Martin Buschkuehl, dieron con un estudio que decía haberlo logrado, no lo creyeron.

El estudio, realizado por un neurocientista llamado Torkel Klingberg, incluía a 14 niños, todos con déficit atencional. La mitad participó en tareas computarizadas para fortalecer su memoria de trabajo, mientras que la otra mitad jugó juegos computacionales menos desafiantes. Luego de cinco semanas, Klingberg descubrió que aquellos que habían jugado con la memoria de trabajo estaban menos inquietos y se movían menos. Más destacable, ellos también sacaron mejor puntaje en una de las mejores mediciones de la inteligencia fluida, la Matriz Progresiva de Raven.

Aun cuando la muestra era pequeña, los resultados fueron provocadores, porque las matrices son consideradas el estándar máximo de los tests de inteligencia fluida.

Cuando el estudio de Klingberg fue publicado, tanto Jaeggi como Buschkuehl eran candidatos a doctores en psicología cognitiva en la Universidad de Berna, Suiza. Buschkuehl, intrigado por la sugerencia de Klingberg de que al entrenar la memoria de trabajo se podía mejorar la inteligencia fluida, le mostró el estudio a Jaeggi, quien estaba analizando la memoria de trabajo con un test conocido como N-antes. “En ese momento no existía evidencia alguna de que pudieras entrenarte en una tarea en particular y obtener transferencia a otra tarea totalmente distinta”, dice Jaeggi. Y la inteligencia fluida no es una habilidad cualquiera; es la habilidad cognitiva cúlmine que se encuentra detrás de todas las destrezas mentales, y supuestamente inmune a los beneficios de la práctica. Descubrir que el entrenamiento en una tarea de memoria de trabajo podría resultar en un aumento de la inteligencia fluida sería para la psicología cognitiva el equivalente a descubrir partículas que viajen más rápido que la luz.

Juntos, Jaeggi y Buschkuehl decidieron ver si podían replicar el efecto de transferencia de Klingberg. Para hacerlo más difícil, usaron lo que llamaron una tarea dual N-antes. Mientras por unos audífonos se escucha una secuencia aleatoria de letras, en la pantalla de una computadora aparece un cuadrado moviéndose, aparentemente al azar, entre ocho posibles puntos de una cuadrícula. La misión es mantener registro tanto de las letras como de los cuadrados. Entonces, por ejemplo, en el nivel 3-atrás, presionarías un botón del teclado si recuerdas que la letra mencionada es la misma que se mencionó tres veces atrás, mientras a la vez presionas otra tecla si el cuadrado en la pantalla está en el mismo lugar que tres veces atrás. El objetivo de hacer la tarea más difícil es colapsar las estrategias usuales de las personas.

Jaeggi y Buschkuehl aplicaron los tests de matrices progresivas a estudiantes de Berna y después les pidieron que practicaran el N-antes dual durante 20 a 25 minutos diarios. Cuando los volvieron a evaluar tras algunas semanas, se sorprendieron al descubrir que la mejoría había sido significativa.

Cuando finalmente publicaron su estudio, en la edición de mayo de 2008 de Proceedings of the National Academy of Sciences, los resultados fueron impresionantes.

Estaba por verse si la mejoría en los resultados en el test de Raven se traduciría en mejores notas en el colegio, mejor desempeño laboral y ganancias. Aun así, acompañando la publicación del estudio en Proceedings iba un comentario titulado “Después de todo, es posible aumentar la inteligencia fluida,” en el cual el psicólogo senior Robert J. Sternberg calificaba la investigación de Jaeggi y Buschkuehl de “pionera”.

Los detractores

Para algunos, el debate no está resuelto. Randall Engle, investigador líder de la Escuela Técnica de Psicología de Georgia, ve la idea de que el coeficiente intelectual puede ser aumentado con entrenamiento con un escepticismo que raya en el desprecio. “La inteligencia fluida no se deriva de la cultura. Es casi con certeza la parte de la inteligencia que se deriva de la biología. ¿Tú crees que puedes cambiar la inteligencia fluida? No, yo no creo que puedas.”

En una reunión de científicos cognitivos en agosto pasado, Engle presentó una acalorada crítica del informe de 2008 de Jaeggi y sus colegas. El más prominente ataque al entrenamiento de CI fue en junio de 2010, cuando el neurocientífico Adrian Owen publicó los resultados de un experimento conducido en colaboración con el programa de la BBC “Bang Goes the Theory” (“La teoría hizo Bang”). Tras invitar a televidentes británicos a participar, Owen reclutó a 11.430 de ellos para someterse a varios test de inteligencia antes de entrar a un programa online de seis meses, diseñado para replicar el software de “entrenamiento de cerebro” disponible. “Si bien se observaron mejorías en todas las tareas cognitivas que fueron entrenadas -concluyó en la revista Nature- , no se encontró evidencia de transferencia de efectos a tareas no entrenadas”. Pero Owen me dijo que respeta el estudio de Jaeggi y que espera que aparezcan otros similares. Si antes del estudio de Jaeggi los intentos de los científicos por aumentar el CI habían fracasado, otras líneas de evidencia han apoyado la visión de que la inteligencia está lejos de ser inmutable. Aún más revelador, el CI promedio se ha elevado sostenidamente durante un siglo, con más acceso a la educación y a la tecnología.

Harold Hawkins, un psicólogo cognitivo de la Oficina de Investigación Naval, expresa una visión común. “Hasta hace cuatro años, creíamos que la inteligencia fluida era inmutable en la adultez,” me dijo. “Después apareció el trabajo de Jaeggi. Ahí fue cuando comencé a cambiar mis inversiones desde otras áreas a esta área. Personalmente creo que hay algo ahí”. Una visión similar fue expresada por Jason Chein, profesor asistente de psicología en la Universidad Temple, quien publicó una serie de estudios para entrenar la memoria de trabajo, que mostró un aumento de las habilidades cognitivas.

Evidentemente, el objetivo es expandir la memoria de trabajo del sujeto. Hacer esto, ha descubierto Chein, se traduce en el tipo de mejorías en el mundo real que se asocian con aumento de las capacidades cognitivas. “En jóvenes universitarios que lo realizan, hemos visto aumentos en sus habilidades de comprensión lectora”, dice Chein. “Y en una muestra de adultos, de 65 años o más, mejora su habilidad para recordar lo que dijeron hace poco, para que no lo repitan.

” Torkel Klingberg, mientras, ha continuado estudiando los efectos de entrenar a los niños con su propia variedad de tareas para la memoria de trabajo. En octubre de 2010, Pearson Education, la compañía más grande del mundo en herramientas de evaluación educacional, compró una compañía fundada por él que ofrece esas tareas como paquete a través de psicólogos y otros profesionales. A pesar del continuo debate académico, otras empresas comerciales están ofreciendo una variedad de juegos de “construcción mental” que prometen audazmente mejorar todo tipo de habilidades cognitivas.

En Chicago Heights, la magia sencillamente no estaba sucediendo para un niño que miraba ausentemente al gato negro en el laboratorio de computación. Tomando jugo de una cajita que sostenía en una mano, cada cierto rato miraba de reojo a su instructor, con una expresión de absoluto aburrimiento.

“Ese es el mayor desafío que tenemos como investigadores de este campo”, me dijo Jaeggi, “enganchar y motivar a la gente a jugar nuestro juego de memoria de trabajo y a mantenerse en él”. Tal como el ejercicio físico, los ejercicios cognitivos pueden encontrarse con una barrera incluso más resistente al entrenamiento que la inteligencia fluida: la naturaleza humana.

© el mercurio .

LA NACION Domingo 20 de mayo de 2012 | Publicado en edición impresa

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